Invitado al Panel de Sostenibilidad para hablar, junto a Nerea Calvillo, sobre sus proyectos en Madrid, Uriel Fogué planteó la importancia de la participación de los ciudadanos. Para él, la arquitectura es un campo de juego donde los jugadores son los ciudadanos mismos. Y, para promover la participación, el arquitecto tiene el rol de crear espacios deseables e incluso divertidos, sean espacios ecológicos o no. La vida sostenible no debe ser conseguida por medio de sanciones, sino conociendo las reglas del juego; y como juego, algo que podría incluso llegar a convertirse en un vicio.
- Te doy la bienvenida al Panel de Sostenibilidad, Uriel Fogué. Antes de entrar en este tema, quiero tratar un poco sobre las investigaciones en tu estudio, la Agencia de Arquitectura, que entiendo que se divide en cuatro ramas: La oficina de arquitectura elii, UHF, [Inter] sección y docencia en la Universidad Europea Madrid.
¿Cuál es la línea editorial común de estos cuatro troncos, si se puede resumir?
Trabajamos en cuatro líneas en paralelo, cuatro estructuras estables con diferentes componentes (aunque en ocasiones pasen de una a otra) para operar en cada uno de los siguientes campos: producción o construcción (elii), investigación ([inter]sección), docencia (t.i.p.) y comunicación y difusión de la arquitectura (colectivo UHF).
Cada uno de estos espacios de trabajo tiene sus socios y sus objetivos, lo que posibilita un juego fructífero de relaciones dentro de cada entorno arquitectónico. Esto no significa que la Agencia de Arquitectura absorba a los cuatro, sino que la agencia se constituye como una estructura de enlace o una base de operaciones que se deshace (se deja “agenciar”) en asociaciones con otros profesionales, instituciones, agentes, colectivos, etc..
Se trata de entender que la arquitectura no puede darse sin la sociedad que la sostiene, es decir: sin los medios que la comunican, la socializan y que participan de manera fundamental tanto en la construcción del imaginario colectivo como en la activación de las problemáticas arquitectónicas; tampoco puede tener lugar sin la investigación o la reflexión acerca de las posiciones, ya sean políticas, éticas, ontológicas, epistemológicas, etc. desde las que operamos en la realidad; ni sin las universidades, que son los laboratorios en los que se anticipa, actualiza e imagina cómo deben ser los presentes, los pasados y los futuros posibles.
En resumen, el trabajo que desarrolla la Agencia de Arquitectura no hace otra cosa que asumir que la arquitectura se construye en múltiples niveles de manera simultánea. Nosotros hemos acotado estos cuatro campos (no son los únicos) de los que intentamos sacar el máximo partido, aprovechando las interferencias que se dan entre ellos.
- Mencionas el público, ¿crees que la arquitectura puede formar parte de la educación de la ciudadanía?
Desde luego que sí. La arquitectura juega un papel fundamental en tanto que escenario de la conformación de la ciudadanía. No obstante, me parece importante señalar que este rol no se da de manera determinista, es decir, que a partir de las mismas situaciones (a partir de los mismos entornos arquitectónicos) no tienen por qué darse los mismos efectos (los mismos formatos de ciudadanía). Esta experiencia la debemos aprender de la historia; el siglo XX ha sido un laboratorio fantástico, en este sentido. La crisis del determinismo histórico pone en cuestión cualquier posicionamiento que comprenda la disciplina arquitectónica como un simple catálogo de soluciones tecnológicas aplicables a las diferentes situaciones objetivables...
En relación con la ciudadanía, la construcción consiste más bien en la instauración de un campo de juego, o de un campo de batallas: un espacio de tácticas, dentro del cual el juego es la más seria de las prácticas posibles ya que sólo llega a tener lugar siempre y cuando se den unas reglas y éstas no sean incumplidas. La ciudadanía se configura como resultado de varias de estas jugadas, o lo que es lo mismo, emerge en el juego. Pero los ciudadanos (los jugadores) al participar, normalmente evalúan y transforman los entornos (alterando así los campos de juego). De esta manera, podríamos afirmar que la ciudadanía es, por un lado, producto de los contextos en los que es determinada pero, por otro, da valor y otorga sentido a la arquitectura. La relación entre ciudadanía y arquitectura es recíproca: el juego te juega
- Como una cultura elástica.
Sí. No es que la arquitectura moldee la ciudadanía, sino que se da como un campo de juegos y, como tal, permite que en él acontezcan las acciones.
- En este sentido, la arquitectura puede ser efímera y no siempre los sólidos edificios que conocemos.
Sí, aunque tampoco debemos renunciar a la arquitectura “sólida”. Es una trampa en la que corremos el riesgo de caer. Se ha plurificado mucho la profesión. Seguramente antes ya era plural pero ahora hemos sido capaces de ponerle nombre gracias a las nuevas circunstancias que hacen posible reconocer el valor y la importancia de las otras dimensiones del ejercicio de la práctica. Pero podemos caer en la trampa de renunciar a los formatos más “tradicionales” de la arquitectura. En mi opinión, no deberíamos tener complejo de ser arquitectos a la manera más tradicional.
- El campo está abierto. Entendiendo el arquitecto como investigador y tomando una posición para poder examinar cosas en diferentes maneras: ¿Qué instrumentos utilizará para aproximar a los ciudadanos?
Supongo que el sitio donde un arquitecto se siente más cómodo es haciendo proyectos, porque al final, es el espacio en el que se ponen en práctica todos los problemas y donde se pueden probar y examinar las tácticas. Es una especie de cocina o de laboratorio.
- Has nombrado “probar, examinar”. En este contexto sería interesante escucharte explicar un poco el proyecto del “árbol urbano”, una idea que tenía que ser resuelta en la producción. ¿Cuál fue su reto?
El “árbol urbano” fue el resultado de un concurso promovido por una asociación que se llama ASA (Asociación Sostenibilidad y Arquitectura), capaz de involucrar a unos ayuntamientos y una gran empresa para desarrollar un “árbol urbano” en el marco de una serie de acciones (llamadas “ASA-acciones”) cuyo objetivo consiste en socializar problemáticas relacionadas con la ecología y la sostenibilidad. En este caso, el concurso promovía hacer conscientes a los ciudadanos de lo importante que llega a ser un árbol para su ciudad.
Surgieron muchas dudas en el propio proceso del concurso: ¿por qué tenemos que hacer un árbol artificial si ya contamos con árboles “no-artificiales” en las ciudades? O ¿acaso no podría ser considerado artificial cualquier árbol de una ciudad, dado que son plantados dentro de un alcorque, son cuidados por expertos jardineros, son regados gracias a un goteo automático probablemente controlado por ordenador que a su vez es controlado vía satélite, etc.? Asumimos el reto para trabajar con estas polémicas. La propuesta planteaba una relación de vecindad entre agentes: cuidar un árbol conlleva el cuidado de uno mismo y viceversa. El dispositivo cuenta con una especie de bicicleta en la base; cuando pedaleas produces la energía que hace posible que el árbol se mantenga vivo. Pero, a la vez, a través de esta acción realizas un esfuerzo te mantiene en forma, que te pone “cachas”. De esta manera, por un lado, cuidando el árbol, te cuidas a ti mismo y cuidándote a ti mismo estás cuidando indirectamente a la “naturaleza”. De hecho, nuestra idea es convocar clases de “spinning” para invitar a los ciudadanos a participar y de esta forma buscar una dimensión lúdica de la sostenibilidad. La ecología puede ser algo más celebrativa y tal vez algo menos imperativa y, por qué no, divertida. En mi opinión éste es uno de los grandes retos de la sostenibilidad. El árbol es, en este sentido, un dispositivo para jugar y, a la vez, un operador de vecindades recíprocas dentro del contexto de una naturaleza siempre ritualizada.
En este momento estamos construyendo el prototipo con el grupo Porcelanosa. Ya tenemos varias de las partes mecánicas desarrolladas y nos encontramos investigando otros elementos. Se han tenido que llevar a cabo muchas pruebas y prototipos de prototipos, para probar el funcionamiento. Es sorprendente como una cosa tan simple puede ser tan compleja. En breve se empezará a ensamblar y durante el año que viene estará instalado en Alcalá de Henares y Santiago de Compostela. Ya veremos si en el futuro hacemos más.
- Es interesante que mencionas prototipo a prototipo, es como una serie de coches.
Claro, este tipo de proyecto está entre la arquitectura y el diseño industrial. De hecho, trabajamos con ingenieros y diseñadores industriales y de ese roce surgen muchas posibilidades. Estos proyectos sólo pueden ser desarrollados en equipos pluridisciplinares.
- ¿Se puede aplicar incluso en una casa?
Por supuesto; o una plaza. En el proyecto de la Plaza del General Vara del Rey en Madrid hemos proyectado una infraestructura compleja que no sólo produce energía para la ciudad, sino que, además, a través de la venta de la energía generada, la propia infraestructura paga los costes de la ejecución de la plaza a largo plazo. Para ello hemos tenido que desarrollar en paralelo un estudio económico.
Los objetivos estudiados, en este caso, se centran en plantear, por una parte, que el espacio público puede ser un espacio productivo para la colectividad. Por otra, en cómo habitar las infraestructuras (aquellas entidades urbanas que han dejado de ocupar los espacios segregados de las ciudades y que se han caracterizado históricamente por expulsar de sus espacios a los ciudadanos). Por último, también se centran en diseñar estos espacios como interfaces participables por los ciudadanos o transductores, para que puedan comprender e interpretar cómo está siendo gestionada la energía de sus ciudades. Los espacios tecnológicos son estratos de la ciudad normalmente invisibles: como ciudadano, no puedes participar ni en su diseño. Tampoco en su gestión. La sociedad ha delegado esta competencia política en los expertos.
- La plaza es un espacio público, pero según tu explicación, puede ser más personal. Es decir, tú te apropiarías parte de este espacio.
Así es. En este momento nos interesa estudiar este tipo de fenómenos: las infraestructuras han dejado de ser invisibles. Se está produciendo una especie de “invasión tecnológica” del espacio público y se plantea la cuestión de cómo podemos habitar en estas situaciones novedosas y cómo debemos administrar los conflictos que provoca.
Una parte de los objetivos de los arquitectos pasa por dotar de ciudadanía a estos dispositivos tecnológicos extranjeros, por pensar cómo deben participar en el espacio público y por evaluar cómo este hecho repercute en las ciudades: si ahora entras a formar parte del juego del espacio público, pasas a formar parte de un club, el club de la ciudad y, por lo tanto, tendrás tus deberes y tus responsabilidades. Por ejemplo, en el proyecto del que hablábamos, la infraestructura tiene derecho a “descajanegrizarse”, a ocupar el espacio público y formar parte de la sociedad. También tiene el derecho de ser mantenido y, por ello, se cuida su presencia. Sin embargo, a cambio, debe contribuir generando energía y comunicando el proceso de la gestión de la energía y del agua.
El hecho de que las infraestructuras hayan dejado de ser invisibles y de que tengamos que diseñar su “visibilidad” constituye un reto emocionante que proporciona nuevos materiales arquitectónicos (lo que nos permiten explorar situaciones espaciales inéditas) y permite pensar en los otros formatos de ciudadanía (o mejor, “cosmo-ciudadanía”) que se inauguran a través de estos dispositivos.
- El tema está en que el arquitecto entre antes de que la infraestructura esté determinada y construida.
Exacto. La arquitectura debe intentar conquistar un terreno que muchas veces los propios arquitectos rechazan: el espacio de la infraestructura. Esto es fundamental debido a que la repercusión sobre el espacio público es determinante. El planeamiento del espacio socio-técnico debería darse a la vez.
Las ciudades modernas que heredamos están construidas para un destinatario último estandardizado (definido “racional” y “científicamente”). Sin embargo, la imparable plurificación de las prácticas sociales ha desbordado este esquema; el mercado ha sido el primero en reconocerlo. En estos momentos el consumismo infraestructural es un fenómeno sustancial para la ciudad: consumimos productos infraestructurales. Los arquitectos no podemos limitarnos a imaginar centros culturales; debemos aplicar las mismas destrezas al diseño de las infraestructuras. Esa es una de las líneas de trabajo de nuestra oficina de arquitectura, elii, en la que investigamos cómo pueden ser habitados los espacios tecnológicos y evaluamos las repercusiones que este proceso conlleva en el espacio público.
En resumen, los arquitectos tenemos que implicarnos en este proceso junto a otros profesionales que ya lo están haciendo pero exclusivamente desde la perspectiva desde sus prácticas específicas.
- Entonces la práctica de elii, ¿la aprovechas también para la investigación con la filosofía?
Inevitablemente se mezclan los campos. elii está formado por tres socios, Carlos Palacios, Eva Gil Lopesino y yo. Nos dedicamos plenamente a la producción. Cada uno tiene su campo de intereses propio y en la oficina se polemizan estos intereses. Por ejemplo, en mi caso, además, trabajo en paralelo asociado al filósofo Luis Arenas en [inter]sección, donde estudiamos los trasvases entre la filosofía y la arquitectura, y con UHF abordando la comunicación y socialización de la arquitectura. Inevitablemente, en elii se ponen encima de la mesa todos estos temas y, de esta manera, todo se enriquece cuando es contrastado con Carlos y Eva. Lo más interesante en elii es cómo nos unen las diferencias. En este punto hay un campo de trabajo apasionante.
- Para terminar, quiero reflexionar sobre el tema de hoy y relacionarlo con la ciudad y sus habitantes, ¿Cómo entiendes el concepto de la sostenibilidad?
Bueno, este término está muy cuestionado. Lo que me resulta más interesante es comprobar cómo la arquitectura se enfrenta a un panorama nuevo. Para el diseñador constituye, independientemente de su inevitable dimensión ética, un campo novedoso que tienen que explorar. La ecología ha evidenciado un límite muy claro para la “estructura de emplazamiento” de la modernidad así como para muchos de los presupuestos desde los que se está trabajando. Como todo limite, no tiene por qué suponer algo negativo ni castrante, más bien se trata de una oportunidad. Es en este punto donde disciplinas como la arquitectura juegan un papel sustancial para virtualizar, desde los límites, situaciones deseables.
A menudo los discursos ecológicos operan desde imperativos dogmáticos – “recicla los envases” o “no uses el coche” – que dejan poco margen para participar. El ciudadano, de alguna manera, recibe instrucciones de comportamiento que, de no ser cumplidas, conllevan un castigo. No obstante, este esquema, por sí sólo, se enfrenta a un techo muy claro: ¿qué ocurre cuando un ciudadano no quiere “obedecer” las reglas, asume la sanción, paga su multa, y sigue comportándose una manera insostenible? Frente a esta situación la “sostenibilidad” no tiene posibilidades de acción.
En mi opinión debemos poner en obra tácticas capaces de enrolar a los ciudadanos en las nuevas conductas; celebrando los cambios y no pensando en negativo. En definitiva, diseñando situaciones deseables. En esto, tenemos mucho que aprender de la arquitectura: al fin y al cabo, el arquitecto está entrenado para construir espacios en los que es gestionado el deseo y está acostumbrado a enfrentarse a las situaciones más adversas.
Se trata de operar con varias agendas a la vez: proyectando espacios apetecibles adaptados a los nuevos paradigmas, pero también poniendo en práctica estrategias más vinculadas a la comunicación y la retórica. Por poner un ejemplo, en elii tenemos un proyecto en marcha llamado Quinielas energéticas que pusimos en juego dentro del taller del mismo nombre, que tuvo lugar en la Universidad Pontificia Javeriana de Bogotá: una cámara web que vigilaba un panel solar fotovoltaico instalado en el balcón de la oficina de Madrid enviaba a Bogotá los datos de la captación solar en tiempo real. Estos datos eran proyectados en el aula, donde se llevaba a cabo el taller, al modo de las gráficas de la bolsa. Como condición, el primer día los alumnos pusieron una cantidad de dinero en un “bote”. Durante dos semanas, debían apostar ese dinero a las preguntas que diariamente les formulábamos; cuestiones como “¿cuánta energía eléctrica está generando el panel solar en estos instantes?” o “¿cuántos paneles de esta clase son necesarios para dar servicio a una vivienda tipo?”. Los primeros días nadie acertaba, sin embargo, a partir del tercer día, la competitividad provocó que empezasen a acertar las respuestas ¡con una precisión de hasta dos y tres decimales! Lo interesante de esta experiencia fue conseguir que, por puro vicio, los alumnos se convirtieran indirectamente en una especie de expertos en paneles solares fotovoltaicos. ¡Para ganar dinero!
Soy consciente de que estas tácticas pragmáticas (tipo nudge) hacen caminar a la sostenibilidad por una línea peligrosa. Sin embargo es innegable que son sumamente efectivas y capaces de convocar a los ciudadanos para que participen de manera más o menos consciente desde el deseo. Por tanto, ¿podríamos llegar a pensar la sostenibilidad como un vicio? ¿Podríamos estar enganchados a la ecología? ¿Podríamos pensar algo así como la “ecopatía”?
Ahí hay todo un campo arquitectónico por explorar. Estas propuestas no se salen de la disciplina, de la práctica o de la teoría de la arquitectura. También podemos diseñar desde este tipo de operaciones arquitectónicas ya que todas ellas conllevan implicaciones y repersecuciones espaciales directas.
Texto: Halldóra Arnardóttir, Doctora en Historia del Arte
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