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Antonio Lafuente. Autoridad expandida y el derecho a saber

11 de noviembre de 2009

Invitado a dar una conferencia en la jornada: “Locos por el hipertexto. Una mirada al diseño interactivo y el procomún”, el físico Antonio Lafuente planteaba argumentos sobre cómo tomamos decisiones y cómo tomamos el control sobre nuestro entorno. Gracias a Internet y a las nuevas tecnologías, el modo de gestionar las ciudades, el derecho humano o el derecho de saber han dado un giro a la participación y el compromiso ciudadano. La nuevas tecnologías han cambiado el mundo. Ahora la verdad no es patrimonio de un lugar sino que “puede estar en cualquier sitio. El conocimiento puede estar por todas partes.” Como consecuencia, tenemos que acostumbrarnos a vivir más atentos y quizás también más en la incertidumbre. Hay muchos discursos y todos pueden ser válidos.


- Bienvenido al Observatorio, Antonio Lafuente, y a su jornada “Locos por el hipertexto.” El título de tu conferencia - “Autoridad expandida y el derecho a saber”- son realmente dos frases separadas. En tu conferencia planteaste la posibilidad de conectarlas. ¿Puedes definir sus significados, o sus contenidos?

Bueno, la noción de “Autoridad expandida” alude a un hecho cada vez menos cuestionable:  la autoridad puede construirse más allá de los espacios oficiales del saber, unos espacios delimitados por fronteras que son artificiales, que hemos hecho históricas, sociológicas y políticas, y que expresan la convicción de que la verdad pertenece a un sitio, que la verdad está en un lugar, como por ejemplo, el laboratorio, la universidad o el tribunal. La verdad no pertenece entonces a los detentadores de un sitio que operan como una especie de “okupas” de un saber debido a que poseen ciertas acreditaciones o, en términos más prosaicos,  tienen un título. Lo que estamos empezando a explorar mucha gente, es que el conocimiento puede estar en muchos sitios, que la verdad  está muy repartida, que puede estar por todas partes. El conocimiento puede estar más allá de las fronteras del laboratorio de la universidad, o del tribunal. Y, si la verdad puede estar más allá, puede estar en cualquier lugar, también cabe la posibilidad de que sea encontrado/a el conocimiento por gentes que no acrediten  tener credenciales oficiales.

Y, esto es muy interesante, porque abre la posibilidad de que el saber sea para y por quien lo necesita. Y, si hablamos de un colectivo que se siente por algún motivo defraudado respecto a las instituciones que nos gobiernan, o de gentes que se sienten marginadas por las normas que gestionan la vida colectiva, es previsible que prenda la necesidad de hacerse otras preguntas y surja otro tipo de conocimiento que defienda mejor sus propios puntos de vista. Tal proceso va a requerir no sólo talento, sino también información. Y esa información normalmente la detentan los poderes públicos, el gobierno, las administraciones que tienen una enorme cantidad de datos que han sido obtenidos con recursos públicos y que, en consecuencia, deberían ser de libre acceso. Así que “el derecho a saber” involucra dos movimientos: primero, que la gente se considere capaz de producir conocimiento de calidad y, segundo, que las administraciones liberen los datos que patrimonializan, para permitir una opinión informada y sólida. Una opinión que tenga un  valor político añadido, además del estrictamente cognitivo.

- Se puede entender que el título alude la posibilidad de situaciones donde se cuestione el  derecho a saber.

Sí, exacto. Es muy interesante la cuestión que me planteas. Por un lado está el hecho de que, con frecuencia, algunos bien intencionados y no pocos políticos piensan que la información tiene que ser administrada para protegernos de un exceso de datos. Piensan seguramente que no vamos a ser capaces de gestionarla y que vamos a derivar hacia la melancolía o el cinismo. Semejante lógica les lleva a la conclusión de que son ellos quienes deben decidir cuál es la cantidad y la calidad de información que podemos absorber sin caer en el pánico o la desmovilización.

El  problema lo acaba de plantear Lawrence Lessig, el creador del Creative Commons, antiguo catedrático de Stanford y hoy en Harward, a través de las páginas de New Republic en un artículo que aborda el problema de la transparencia, un concepto que ha dado lugar a uno de los movimientos más poderosos y prometedores desde el punto de vista de la  regeneración de las ideas políticas. En Estados Unidos tales ideales, claves para el movilización que condujo a Obama al poder, son liderados por la Sunlight Foundation, una fundación que defiende la transparencia del gobierno. “El gobierno”, o mejor “los gobiernos”, no sólo el estadounidense, sino también las administraciones locales, y regionales (en USA, serían las estatales), así como de todos los  organismos que administran recursos públicos, incluidos los que operan en a escala de lo supra/inter/trans nacional. La crisis financiera actual, como también la desastrosa gestión del suelo y otros recursos públicos, prueba que, en términos generales, se trata de gobiernos que no han sabido evitar un permanente flujo de corrupción. Les corresponde a ellos pedirnos perdón y tomar medidas, teniendo en cuenta que les será  muy difícil contentarnos y defender la res publica, salvo que tomen algunas decisiones como, por ejemplo,  poner a nuestra disposición tecnologías que nos permitan controlarlos y, simultáneamente, facilitarnos la información de la que ellos disponen para poder fiscalizar su actividad. Si ellos, los políticos honestos, no saben o no pueden controlar la corrupción deben pedir ayuda y contar con la ciudadanía. La obra de Elinor Ostrom, la nueva premio Nobel de Economía, ha dejado claro que la mejor forma de defender los bienes comunes, y la democracia es uno de los imprescindibles, es garantizar los flujos de información sobre su estado de conservación y desarrollo.

En este punto se hace muy pertinente una reflexión histórica, pues a veces tendemos a pensar que todas estas cosas son tan ultramodernas y que quizás sólo sean modas pasajeras. Pero, no. También estos procesos, tan vinculados al desarrollo de Internet y las TIC tienen sus antecedentes, poseen una espesura histórica. Y es que, como sabemos, el conocimiento durante el mundo moderno, allá por los siglos XVI y XVII, pertenecía a la corte, es decir  al Rey y/o al Papa (qué otra cosa era el Vaticano, sino una corte) y había muchas presiones para que el conocimiento no se divulgara, para que fuera de uso exclusivo por el patrón que lo había financiado. Pero en algún momento y de una forma casi milagrosa o mágica por escasamente conocida, los reyes y los grandes cortesanos llegaron a la conclusión de que el riesgo que corrían divulgando información reservada, era menor que los beneficios que podían obtener haciendo pública dicha información. Y es que, en efecto, abrir el conocimiento trajo el beneficio del escrutinio público y el contraste de opiniones, iniciándose así un proceso continuo, masivo y cooperativo de depuración de los hechos. De ser una empresa local y cortesana, la ciencia pasó a ser colectiva y cosmopolita. Todo el mundo gana, todos los sabios aprenden de todos  y todas las cortes sacan más provecho de sus expertos. Y de pronto el conocimiento que era una empresa hermética, una empresa secreta, una empresa circunscrita a los exclusivos espacios de la corte, se convierte en una empresa abierta, en una empresa capaz de hacerse cosmopolita, una empresa integradora de muchos conocimientos dispersos, no sólo de los que habían sido aquilatados por un puñado de sabios en la cercanía del poder, sino también de los acumulados fuera de la corte por los artesanos, los mineros, los navegantes, los campesinos o las mujeres. Ahora estaríamos en una situación parecida, en los albores de algo nuevo que, al igual que en  el siglo XVIII, cuando se consolidó la apertura del conocimiento y se produjo una expansión inimaginable del saber. También entonces la autoridad se expandió.

- Ese punto era precisamente el que quería conectar con el debate actual sobre la Ilustración. ¿Estamos viviendo un momento en el que estaríamos necesitando algo parecido a una revolución como la que trajo la Ilustración? ¿Es el momento para una Segunda Ilustración?

Hay muchos filósofos, historiadores y politólogos, que empiezan a especular con la idea de una Segunda Ilustración. Si la primera se ha conceptualizado como una emancipación respecto de la Iglesia, respecto del tutelaje de los poderes eclesiásticos, la segunda tendría que movilizarnos contra el tutelaje de las grandes corporaciones, no sólo porque ejercen una influencia desmesurada sobre nuestros gobiernos, sino porque también se están haciendo propietarios de los descubrimientos científicos, amenazando así dos bienes que teníamos por bienes comunes: la democracia y la ciencia. Todo esto, por supuesto, tiene que ver con las guerras sobre la propiedad intelectual, un conflicto que es para nosotros tan importante como los fueron en el siglo XIX los conflictos sobre la propiedad de la tierra. Estaríamos  hoy, como ya estuvimos  durante el siglo XVIII, al borde de inventar un mundo nuevo que tendrá que volver gestionar el doble, y por el momento contradictorio, ensanchamiento de los espacios públicos y de la exagerada expansión de la noción de propiedad privada, un concepto que se está haciendo demasiado grande y cuya deriva hacia una expansión ilimitada habrá que regular y, sin duda, restringir. Yo no soy anticapitalista y creo que la propiedad privada desempeña una función interesante en nuestro mundo, pero es verdad que en las últimas dos décadas ha conocido un vertiginoso proceso de expansión más allá de lo que es razonable, al extremo de que amenaza la vida misma de grandes segmentos de la población mundial, incluyendo entre los afectados a porcentajes crecientes de ciudadanos en nuestras grandes urbes. Y quienes vivan inmersos en la utopía del progreso ilimitado, confiados en que la ciencia traerá las respuestas para resolver los grandes enigmas de nuestro tiempo, tendrán que prestar más atención al hecho de que el conocimiento científico ya no es un patrimonio común de la humanidad, sino un recurso en poder de las grandes corporaciones químicas, farmacéuticas o agroalimentarias, entre otras muchas. A nadie sorprenderá que no sean pocos los que confían en la emergencia de una Segunda Ilustración y en que cristalice el consenso de que las grandes corporaciones ostentan  el poder del que nuestra sociedad necesita emanciparse. Así las cosas, la nueva Ilustración, la Segunda Ilustración no cabe en el marco del estado nación, sino que necesariamente tendrá que ser una  emancipación en un marco más global. Yo no me atrevo a calificarlo de si será  “planetario”  o global, eso no me preocupa mucho en este momento. Así que quien nos habla de una Segunda Ilustración, obviamente también está hablando de modernización epistemológica, un concepto que  me gusta y que también estoy explorando. Al igual que se habla de  “modernidad reflexiva”, un término que han utilizado Giddens, Habermas y Beck para evocar la pérdida de confianza en el progreso, entendido como el  vector que marca la marcha de los tiempos, y que ha provocado una  fértil crítica del mundo en el que vivimos y por tanto una reflexión constructiva sobre  el que nos gustaría  habitar. La noción de modernización epistemológica  quiere incluir entre nuestras culturas epistémicas, es decir nuestras distintas formas de producir y organizar el conocimiento, las aportaciones que provengan de  los grupos que han quedado marginados, sociológica o históricamente, de las empresas cognitivas, de la tarea de hacer visibles e inteligibles las muchas maneras de relacionarse con el entorno o de mirar el mundo. Hay muchos ejemplos a los que referir lo que decimos, pero ninguno es más actual o está mejor documentado que el de las mujeres. Pero, igualmente, también tienen mucho que decir las ONGs, las agrupaciones de discapacitados, o las asociaciones ciudadanas que, no es que defiendan  saberes  menos rigurosos, sino que nos están invitando a que nos hagamos otras preguntas. Y, desde luego, luchan para que esas nuevas inquietudes se incorporen en la agenda política de nuestro tiempo como prioritarias, o por lo menos, como relevantes. Esto implicaría apostar por una especie de modernización epistemológica que, como  sucedió durante la Ilustración en el siglo XVIII, al integrar nuevos actores (mujeres, criollos, artesanos), nuevos media (salones, prensa, talleres) y nuevos temas (emociones, fecundidad, máquinas) a la empresa del conocimiento, podría conducirnos hoy a una Segunda Ilustración.

- Esta mañana hablaste de  “vender solidaridad”. ¿Esto qué significa? Más que a vender solidaridad, estamos más acostumbrados a que se hable de la importancia de vivir con la solidaridad para que cada grupo social o individuo tenga su voz. Las nuevas tecnologías facilitan los instrumentos  para que todas las voces  sean escuchadas.

Claro, porque la red puede reunir a un coste despreciable cuerpos dispersos. Esta es la gran cosa, la gran novedad que trae  Internet, la de poder hacer que gente de lugares muy distintos puedan compartir proyectos y hacerlos visibles. Esto se ve muy claro en el caso de las enfermedades huérfanas, esas enfermedades que padece  un porcentaje pequeño de la población, tan minúsculo que el diagnóstico equivalía a una sentencia inapelable. Hasta ahora nadie les prestaba atención, porque su voz era imperceptible. En cambio,  Internet permite ahora que tengan una voz propia, que hablen de sus problemas y que intenten identificar soluciones y buscar solidaridades. Esto es algo que era inimaginable hace diez años, cuando no había Internet. Generalizando y llevando un poco más allá la reflexión sobre las enfermedades huérfanas, también se pueden decir cosas parecidas para cualquier otro colectivo humano que se sienta marginado, que experimente la necesidad de expresarse y decir algo que no ha sido  explicado o suficientemente escuchado.

Esto es muy interesante porque Internet da también la opción a pensar en  las comunidades, no como instituciones orgánicas donde todos compartimos un credo, una ideología, nos vestimos más o menos igual y usamos el mismo lenguaje, sino que permite concebirlas  como creo que realmente funcionan en nuestro mundo, como agrupaciones de extraños: gentes que votan lo que quieren y que, sin embargo, comparte  un malestar o  un dolor que los hace solidarios. Esto es la primera parte de mi respuesta.

 La segunda implica un cambio de relato. Tengo la ilusión de que  se organice una especie de Feria del Procomún (el procomún está conformado por los bienes que son de todos y de nadie al mismo tiempo), una especie de festival donde las gentes que tengan proyectos solidarios pueden ir allí a contarlos, y a “comprar tiempo” de quienes les visiten. El tiempo se ha convertido,  en un bien escaso. Todas las grandes multinacionales, los políticos, las televisiones, la publicidad, todos luchan por la atención. Hay una economía de la atención, y una gran competición entre todas las empresas para saber quién inventa el mejor mecanismo para captar atención, para lograr  un segundo de mi mirada y convertirlo en un recurso que quieren comprar quienes venden  publicidad (de un proyecto, de una mercancía, de un voto). Yo creo que hay mucha gente que quiere hacer cosas pero que no acaba de encontrar el proyecto en el que participar. La  Feria de Procomún sería un espacio donde ecologistas, feministas, hackers, gentes de diferentes movimientos ciudadanos o grupos de afectados vayan a comprar voluntades, a pedir tiempo. A cambio ofrecen un buen proyecto, venden un poco de relevancia para nuestras vidas. La gente puede regalar, por ejemplo, tiempo residual de computación , como se hace en SETI (el tiempo muerto en el que nuestro PC está encendido pero no lo usamos). Ser solidario puede ser muy fácil, basta con crear estructuras que puedan aprovechar la enorme cantidad de recursos que se desperdician cada día. Se puede hacer.

 Se trata de aprovechar las nuevas tecnologías para hacer visibles y poner en valor la existencia de una proliferación de pequeñas o grandes comunidades que están produciendo conocimiento de calidad y contrastado para que no se desperdicie nada que pueda tener valor en la solución de los problemas que enfrentamos. Hacerlos visibles es un gesto necesario antes de darles la palabra. Contar con ellos, con lo que saben y lo que representan, implica ensanchar el ámbito de la política y de las libertades. Supone también explorar y legitimar nuevas formas de sociabilidad y nuevas formas de ciudadanía.  Hay mucho que hacer y, con frecuencia, hacer públicos y reconocibles estos movimientos, sacarlos del anonimato, ya es una gran tarea: un signo inequívoco de que las cosas pueden ser de otra manera. Hay unas economistas norteamericanas (Gibson-Graham) que llevan años haciendo unas cuentas  muy simples de narrar y cuyos datos de partida son extremadamente difíciles de contrastar. Lo que intentan hacer es cuantificar el peso que tiene hoy lo no-capitalista en la economía mundial. Y la respuesta, cada vez con una apariencia menos radical y, sin embargo, igualmente crítica, tiene que ver con lo que decidamos incluir en la cesta de los intercambios no regulados por el mercado, como lo son el trabajo del voluntariado y el trabajo afectivo, el que hacen las mujeres cuidando de nuestros hijos, nuestros viejos y nuestros enfermos. También hay que incluir la economía del trueque y la que denominamos comercio justo. Todo eso sumado a los intercambios públicos, los que movilizan los funcionarios públicos en ámbitos como la educación, la salud, la seguridad y la asistencia social representa más del 50% del total de las transacciones económicas. Semejante cómputo da pie a imaginar la existencia de un posible tercer sector, no sólo del conocimiento, sino también de la economía, que podría ser diferenciado del sector privado y del sector público. Darle visibilidad a este tercer sector es contribuir a que reconozcamos su importancia en la gestión del procomún, los bienes comunes que, como el aire o los órganos donados, la lengua y la ciencia, el genoma, la biodiversidad y nuestras calles, deberían ser de todos y de nadie. Es un error pensar que el sector público puede defender el procomún.  El aire o el clima son bienes que no encajan bien en las estructuras del estado nación, pero es que además los muchos escándalos urbanísticos demuestran que nuestras administraciones no saben o no pueden  atajarlos.

- Quisiera detenerme aquí por un momento en el concepto de procomún. En este contexto de vender y comprar, ¿se puede entender el tiempo como procomún?

Depende de quien lo compra. Las empresas a cambio de nuestro tiempo están dispuestas a dar grandes cosas, además de un salario. Google lo regala todo a cambio de nuestra atención, como ya hizo antes el negocio de la radio y, al menos inicialmente, el de la TV.

En las reuniones que hacemos en el Laboratorio del Procomún a veces nos interrumpimos y alguien llevado por el entusiasmo quita la palabra a otro, o mal interpreta lo que acaba de decir alguien. Yo, muchas veces, pienso que ese tiempo es el principal procomún que tiene o que estamos construyendo colectivamente en el Laboratorio. Ese un patrimonio dinámico y tenso, es nuestro procomún, imprescindible para que los debates puedan funcionar, porque todos  esperamos ser escuchados y deseamos un lugar donde este tiempo que nos dedicamos sea de calidad, es decir se escuche de verdad y con interés. Entonces, cuando no se produce esa especie de atención suficiente, algo no funciona.

- ¿Pero vuestro lugar es un espacio físico?

Sí, nos reunimos en un espacio físico y abierto al público en MediaLab-Prado en Madrid. Tenemos actividades que se hacen on-line, pero hay un espacio físico de reuniones. El Laboratorio del procomún es un lugar también. No es solamente un “site” sino también un sitio, las dos cosas. Estábamos muy preocupados por el espacio, nunca sabemos bien cómo organizarlo, cómo disponer los muebles, dónde colocar los distintos dispositivos; en fin, nos interesa mucho problematizar el espacio mismo y estamos seguros de que un corro, una mesa redonda o una lección crean ámbitos de comunicación y deliberación muy distintos. Y, cada vez que nos reunimos, reubicamos las cosas de otra manera, para experimentar cómo las distintas disposiciones influyen en el curso de las cosas. Todas las reuniones que se hacen son públicas y se graban sin manipulación alguna. Así el “site”, en línea con lo que defendemos practica la transparencia y confía en que el libre acceso a la información es condición necesaria para que el laboratorio pueda avanzar en la dirección de ser otro instrumento en manos del tercer sector y al servicio de la libertad y la democracia.

- El ambiente nos influye cuando queremos crear ideas.

Yo tengo la convicción, y creo que lo compartimos más de uno, que el espacio no es neutro, el espacio  crea complicidades, crea unas conexiones visuales. Una mesa entre los interlocutores  no es lo mismo que un corro alrededor de un vacío, cuya geometría impide ciertas formas de jerarquización tan fáciles si disponemos una mesa o un púlpito. Entonces, todo eso es significativo y queremos darle importancia. O dicho de otra manera, queremos experimentar con esa “espacialidad”. ¿Cómo “espacializar” el conocimiento? Quien haya ido a una reunión de alcohólicos anónimos o de hackers sabe de lo que estoy hablando.  Me extraña mucho que quienes han estado pensando en la reforma de la enseñanza que promueve Bolonia hayan dedicado tan poco tiempo a liquidar las cátedras, esos espacios destinados a la predicación, donde la distancia entre los que saben y los que escuchan es tan inmensa, tan inalcanzable. Estoy convencido de que el cambio de cultura que se desea reclamará un cambio de arquitectura que simbolice sin paliativos lo que queremos que suceda en las aulas o en esos nuevos espacio que deberían ser sobre todo colaboratorios.

 

Texto: Halldóra Arnardóttir. Doctora en Historia de Arte.

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